Noticia con opinión
03 de diciembre de 2009
Realmadrid.com
Si hay un jugador que se asocia a Fernando Martín, ése es Audie Norris, pívot del F.C Barcelona con el que el mítico ‘10’ madridista mantuvo una sana rivalidad dentro de las canchas de juego. Fuera de ellas, ambos se profesaban una tremenda admiración. En una columna del diario El Mundo, el norteamericano recuerda a su gran amigo: “Nada fue lo mismo desde su muerte…”
¡Podríamos haber jugado juntos! Unidos. ¿Cuántas Copas de Europa hubiésemos ganado? Por separado no logramos ninguna, pero ¿juntos? Porque antes de pelear con diferente camiseta pudimos haberlo hecho con la misma, de blanco. Cuando dejé la NBA, mi primera opción fue el Real Madrid. Estuve conociendo la ciudad, pasé unos días allí, y participé en algún entrenamiento. Entonces conocí a Fernando Martín, corría 1986. Y me impactó su fuerza, su intensidad… Me enamoró su forma de jugar, sin embargo, no llegué a un acuerdo con el Real Madrid y acabé en el Benetton Treviso. Nos separamos, aunque de algún modo nuestros caminos siempre se cruzaban.
Se marchó a la NBA la temporada siguiente a nuestro primer encuentro, y seguí de cerca su aventura. No sólo porque le conociese, sino porque iba a mi equipo, Portland, donde yo había jugado tres años. Me hacía ilusión que Fernando estuviese allí y siempre pensé que era una gran cosa para el baloncesto español, aunque entonces no se le reconociese. Ahora, cuando veo a Rudy o a Gasol no puedo dejar de acordarme de Fernando.
Le tengo muy presente; lo veo todos los días, porque coloqué una foto de ambos en el gimnasio de mi casa. Muchos recordarán la imagen, ésa en la que Fernando y yo, con dureza, tratábamos de ganar la posición para agarrar un rebote. La verdad es que no encontrarán una foto nuestra en la que no estemos combatiendo. Era imposible no pelear si Fernando estaba enfrente, y era un placer. Cada duelo con él era tremendo. Siempre te buscaba, quería chocar. Fuerte, dominador y poderoso en puntos, rebotes… No podías darte ni un minuto de descanso. Competía sin parar, resultaba divertidísimo el partido.
Le eché mucho de menos por eso, aunque no sólo por lo deportivo. La verdad es que no volví a pegarme con nadie igual en una cancha. No diré que me aburría, pero nada fue lo mismo desde su muerte, que me pilló… Recuerdo que acabábamos de finalizar un entrenamiento cuando llegó la primera noticia del accidente. No me lo podía creer. Nadie se lo podría creer. Había muerto un jugador, mi principal rival, pero sobre todo, había muerto un amigo. Recuerdo a su familia… Estaban destrozados en el funeral, y yo también, aunque no fuese lo mismo, claro. Hay pocas cosas que haya tenido tan claro en mi vida como que yo tenía que estar en Madrid para su entierro. Quería estar allí por su familia y necesitaba estar por mí mismo.